
La lluvia caía casi imperceptible sobre todos los que recorríamos las calles de la noche. Escaleras arriba, un grupo de amigos se ríe con una cortesía poco francesa enojando a los transeúntes que añoran el silencio.
Un hombre sonríe en una foto que ella atesorará por siempre creyendo que ese instante, sólo en ese instante se capturó la verdad.
Otra “Ella” camina sin rumbo por las calles estrechas y llenas de glamour de crucero. No conoce los secretos que él esconde detrás de su filosofía New Age y su aversión por la comida de microondas.Le parece hippie chic. Se toman de la mano, mientras buscan un bar francés que no cierre a la medianoche y un camarero que no los incomode por ser enamorados en Francia..
Ella sonríe como si tuviese 15 años, burlándose del tiempo con la mirada, creyendo que puede dominar al mundo y recorrer Venecia con él y sus ideas vegetarianas.
El la besa, la invita a tomar el tren de Cannes a Juan le Pins y dejar atrás el gentío desordenado. No hay por qué huir, pero duda.
Esperando que llegue el tren, ella ve pasar la oportunidades una tras otra, ve pasar las miles de opciones tridimensionales que se abren como una red de arañas del destino. Ve su reflejo en las ventanillas y piensa en abrir la botella de vino rosé que se han robado del supermercado para apurar las moléculas del ánimo y borrar el engaño.
No sabe si ir. No sabe si arrepentirse y huir a una vida cómoda y rosa en las colinas de algún país amable con su piel. No sabe si subir, si montarse a la flecha zen que irá bramando hasta encontrar un blanco y un destino posible.
Las puertas se abren y cierran frente a su mirada. Piensa que Francia es sólo un engaño de charme apoyado por el queso brie y el camembert. Trata de recordar cual de esos dos quesos era de Normandía.
Respira hondo y piensa en Louise Hay.
Respira hondo y piensa en incendios forestales y en chamanes brasileros. Deus. Deus.
Respira hondo mientras el tren se detiene y el Parisino murmura algo que es simplemente una idiotez sazonada con una manera diferente e irresistible de pronunciar las “erres”. Ella sonríe y por última vez, visualiza el aburrimiento que deja en el andén y la aventura que la espera en los asientos tapizados de rojo. Decide subir. Sus sandalias tan frágiles se deslizan sobre sus pies gastados mientras da el paso que la llevará a otra vida.
Atrás quedan rutinas y el Cheddar.
Sube.
Brilla.
Sonríe.
El sonríe tomándole la mano y pronunciando algo de Juan Le Pins y la lluvia de la Costa Azul. Ella cierra los ojos, besándolo, mientras él abre los ojos en el mismo beso porque su mente queda acorralada en un recuerdo de su infancia. Se siente sólo y a partir de ese momento sólo buscará excusas francesas para dejar a la chica que acaba de dejarlo todo por él.