
Suerte que ya para ese entonces había conseguido mis Ray Ban espejados y cada vez que me mirabas a los ojos podías verte a ti mismo. No era una verdad poética, pero te encantaba verte reflejado en los otros. Tu mirada de fotografía digital y los lentes nuevos me escondían los ojos llorosos y lo hacía todo más sencillo. Siempre me compliqué en las despedidas anunciadas pero ahora, como un universo new age de bestseller, el universo parecía conspirar para que nos dejásemos.
“–Cortados por la misma tijera, partidos por el mismo rayo”—solías decir y cierta incomodidad de marioneta recorría los vellos de mis brazos. Tu te sonreías y la incomodidad acababa. Siempre te decía que tus sonrisa desacomodaba los átomos del aire. Ahora creo que ese desacomodo molecular era el principal veneno.
Ella te llama y susurra sobre mi.
No sabe que no soy la clase de persona sobre la que se susurra. En realidad ella no sabe nada. Tantos años en ese lavadero mental con luces de postgrado la han alejado de la realidad de los mortales. La han alejado de la poesía. Le han dejado los ojos vacíos como un alien de plástico que muere nuevamente para una autopsia de televisión.
Yo sé que ella siempre te quiso.
Pero tuvo que conformarse con el Menú del día y eso no te incluía por ese entonces. Hace tiempo y allá lejos te creías una rara trufa italiana. Un sabroso hongo silvestre demasiado exótico hasta para el menú ejecutivo de los martes.
Pero nadie te dijo que en tu pueblo había solo dos trajeados de MBA que no distinguirían una trufa de una sardina. Así que te lo aviso, baby, no eras demasiado para nadie.
El tiempo pasa y estamos aquí en el camino. Yo ya sé que ella se cansó de la comida de siempre y te quiere en su aderezo semanal. Tu te crees comida del Bulli y yo ya no se como decirte que no combinas.
Ni siquiera me interesé alguna vez por el la gran distracción masiva denominada “Mercado Gourmet”.
Estoy aquí por comenzar el camino y ya se como termina así que si no te molesta preferiría caminar sola.
Hace tiempo que me dijiste que me amabas aún con mis canciones melancólicas y ahora simplemente no me ves. Creo que a veces me vas a atravesar el cuerpo como el tipo de Ghost y su fantasma. No me ves.
No entiendes mi arte. No me ves. No me entiendes. No me desarmas de la manera correcta.
Una vez mi vecina tenía un estanque. Amaba sus pececitos naranjas tan japonecitos y zen. Un estanque cerrado e iluminado con neón verde.
Un día un pececito desapareció. Mi vecina los volvió a contar y una y otra vez y otra vez. Y el pececito no estaba. Mi hermano sugirió que tal vez había cambiado de vibración como los mayas y emigrado a aguas más bellas.
Eso pasa ahora, amor. Aquí en el camino, yo soy el pez que ha desaparecido pero tu no te das cuenta. No crees en los mayas, ni en nada que implique desapariciones. Cuentas una y otra vez y crees que todos los peces están allí cuando ya tienes un estanque de piedra vacío.
Me miras a los ojos y te peinas en mis cristales. Me saco los Ray Ban y al ver mis mirada llorosa solo puedes deducir que ha comenzado a llover en el Camino a Santiago.
Crees que es algo meteorológico, tu PhD no te permite saber las razones por la que la mujer que alguna vez te amó, hoy llora.
Sigue lloviendo y comenzamos el camino que no terminaremos juntos.
¡Qué hermoso! Es un blues.